Los padres pueden llegar a ser incongruentes con lo que dicen enseñarles a sus hijos y lo que realmente les enseñan, por eso deben ser cuidadosos con las palabras que eligen a la hora de reprender a sus pequeños. Estaba descansando en uno de los camastros que rodean la alberca de uno de los hoteles en Ixtapa cuando mi atención se postró en el llanto de un niño, que o hacía con tal fuerza que obligó a su madre a decirle que se tranquilizara, que no debía llorar. Hasta el momento todo iba normal, hasta que la señora decidió decir una de las frases que más pueden dañar la mentalidad de toda joven mente: Los hombres no lloran.

Esas cuatro palabras pueden ser como una dinamita a la que le acaban de encender la mecha, que dependiendo de cada cerebro que las reciba será lo largo del cable antes de llegar al final y explote. Al decirle esa frase a tu hijo, aunque parece inocente e insignificante, estás haciéndole un gran mal que difícilmente podrá superar si llega a convertirse en un hecho para él. Conforme más veces le reafirmes esta aseveración la tomará como cierta porque es dicha por sus padres, personas que están en lo más alto de su torre de admiración. Su cerebro que es como una esponja, tratará de sacar conclusiones y comenzará a realizar conjeturas que llevará a la acción.

Imagina que en su pequeña mente ya tiene la idea de que los hombres no deben llorar, entonces quien lo haga es una mujer, y sólo ellas, por ser diferentes o débiles tienen el derecho universal de las lágrimas. Así que si están en la escuela y ven a uno de sus compañeritos llorar podría comenzar a llamarlo niña u homosexual, porque su cerebro así relaciona a los varones que derraman lágrimas debido a las veces que le mencionaste que los niño no lloran por ser hombres.

Conforme avanzan los años podría ir desarrollando una idea machista aún más fuerte, donde el hombre es más fuerte que la débil mujer, y si la situación llegara a niveles extremos se podría llegar a convertirse en un hombre obsesivo y aprehensivo, o en el peor de los casos, un abusador de sus parejas, a quienes podría agredir física, sexual o psicológicamente. Y todo por una frase que usaste para tratar de tranquilizarlo y que te pareció inofensiva, pero el tiempo se encargará de mostrarte lo equivocada que estabas, incluso ya ni recordarás todas las veces que le dijiste que los niños no lloran y nunca aceptarás parte de tu culpa.

Los valores y enseñanzas que le brindamos a nuestros hijos desde muy pequeños son los cimientos de la personalidad que tendrán ya como jóvenes y adultos, lo que reflejarán en su vida personal y profesional, así como amorosa. Por eso, reitero, hay que cuidar cada palabra que sale de nuestras bocas y que va dirigida hacia ellos, pues por más inofensiva que ésta parezca para nosotros, ellos pueden transformarla y tergiversarla a su modo, pues su cerebro aún no tiene las experiencias suficientes para saber entender lo que se le está diciendo.

Cuida lo que le enseñas a tus hijos

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